Vía Crucis

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

El Vía Crucis tan arraigado en nuestra devoción, especialmente en este tiempo cercano a la cuaresma (o en cuaresma) es una invitación a hacer camino meditando en el misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Es recorrer su camino con la Cruz a cuestas, es pensar por cuantos sufrimientos pasó por cada uno de nosotros, para salvarnos, para redimirnos y glorificarnos.

Jesús, este año que no podremos realizar ese gran Vía Crucis en nuestras

Javieradas, queremos evocarlo en este que cada viernes celebra la hermandad de la Pasión en esta seo Metropolitana de Pamplona. Queremos ofrecer nuestra oración por todos los misioneros, especialmente los navarros que anuncian la Buena Noticia del Evangelio.

Que tu Madre, María del Sagrario y Reina de las Misiones, nos acompañe en este viaje, para que el dolor tenga la compensación de su amor.




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Te adoramos, Cristo, y te bendecimos…, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Concédenos el carisma que tuvo San Francisco Javier : “el arte de las artes” con creatividad y solidez para llevar a la humanidad de este siglo XXI hasta Ti, Señor.

Concédenos el arte de la oración para, luego, ser auténticos orantes que te alaben y adoren tu presencia

Concédenos el arte de la caridad para, luego, ser personas de palabra y de obra aunque nos condenen por lo que no hemos hecho ni dicho.

Concédenos el arte del fervor para, luego, teñir todo nuestro apostolado con signos visibles de tu gracia.

Concédenos el arte de la humildad para, luego, poder presentarnos como unos servidores que, lejos de servirse, mueren desgastándose a favor de la Iglesia.

¿Aceptamos el aplauso por secundar las ideas del mundo o rechazamos la condena por apostar por las cosas de Dios?

Te entregaste, Señor, por nosotros. Por ello mismo, Jesús, aun pretendiendo otras grandezas, me lancé sin miedo ni temblor para hacer presente tu mensaje en los rincones más alejados de la tierra.

¡Cómo no iba a regalar parte de mis fuerzas y de mis afanes por Ti que todo lo diste, incluso, hasta su sangre en una cruz!

 

Señor, pequé, ten piedad y misericordia de nosotros

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos…, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Nuestra vida cristiana como don y como gracia, está llamada a mostrar la misericordia de Dios. La cruz es una gigantesca escuela de amor y de generosidad que Jesús pone delante de nosotros y a nuestra disposición.

¿Qué supone para nosotros, este símbolo? ¿Lo cuidamos y valoramos? ¿Llevamos en el pecho y allá donde nos movemos, existimos o trabajamos, esta identidad –la cruz- que transmite fraternidad, apertura, perdón, generosidad, valentía y confianza en Dios? Aunque sea difícil cargar con nuestra propia cruz no olvidemos que, como Cristo, también estamos llamados a soportar e incluso buscar la cruz de los demás.

Muy pronto, Señor, comprendí y entendí que, por tu causa, sería perseguido. La incomprensión y la soledad, las puertas cerradas y la dureza de muchos corazones, me hicieron sentir una cruz a veces insoportable. Sólo, bajando a lo más hondo de mis entrañas, encontraba la fuerza necesaria para seguir adelante incluso con las cruces que, la misión evangelizadora, iba poniendo en mi camino. En esa profundidad de mi ser siempre te encontré a ti, Señor. Soy consciente, como mi Padre Ignacio escribió, que “fui el barro más duro que le tocó moldear”. Pero luego fui todo para ti, Jesús

 

Señor, pequé, ten piedad y misericordia de nosotros

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Ayúdanos, Señor, a ser valientes cuando desde diversos frentes se infravalora o ridiculiza la vida cristiana. Permítenos, Señor, que la cruz de la incomprensión, de la soledad o de las persecuciones de guante blanco (aquellas que se dan pero no se ven) les podamos hacer frente con una fe sólida y fundamentada en Ti. Que nuestras caídas, Señor, no nos alejen de ti. Que no caigamos en el pesimismo que todo lo invade ni nos desplomemos en la vida fácil; que no nos perdamos en el suelo de la dureza de corazón o insolidaridad. Caer contigo, Señor, es saber que un día seremos alzados y para siempre. También pedimos perdón, Señor, por esas caídas de algunos miembros de la Iglesia que la dañan con sus actos personales pero que nos afectan con gran dolor. ¿Somos conscientes de que la Iglesia es Santa pero que, aquellos que formamos parte de ella, caemos en más de una ocasión bajo el peso de nuestros propios pecados?

El cansancio y la dureza de la aventura hicieron mella en mí, Señor de la cruz. Eran más las necesidades que las posibilidades de hacerles frente; eran más altos los castillos con los que soñaba que la realidad que me rodeaba. ¡Era tanto lo que quedaba por hacer! Pero, aun así Señor, Tú siempre estuviste a mí lado. Maduraba y me consolaba en aquella subida hacia el Gólgota donde, por cumplir la voluntad del Padre, Tú –Jesús amado- pudiste levantarte para seguir y llegar hasta el final. Cuatro años me costó acercarme definitivamente a ti en París. Prefería caer en brazos de la gloria humana. Me levanté para seguirte como discípulo más fiel. Caí en tus brazos y ya nunca me aparté de ti.

 

Señor, pequé, ten piedad y misericordia de nosotros

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos…, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

 “Dios no actúa contra nuestra libertad. Y sucedió una cosa verdaderamente extraordinaria: el sí de María. .Como Ella, estamos comprometidos en la misión de proclamar, testimoniar y dar a Cristo al mundo». (Benedicto XVI)

         Encontrar razones para vivir en el mundo no es difícil pero, vivir nuestra vida según las indicaciones de Dios, no siempre es fácil. En la encrucijada de nuestra fe, desde pequeños, hemos crecido con el convencimiento de que María Virgen nos acompaña en ese caminar. Jesús se encontró con la Madre porque Ella salió a su encuentro y porque Él buscó sus ojos. ¿Quién es para nosotros la Virgen? ¿Recurrimos a Ella como un trampolín que nos puede ayudar a saltar al encuentro con el Señor?

 

También yo, amigo y Señor de la cruz, por donde quiera que pasé,  me encontré con el rostro de una Madre que me animaba en la tristeza, consolaba en la desolación y acariciaba en la enfermedad. No me preguntes por Ella,  Señor. Ya sabes quién es y cuál es su nombre: María, tu Madre, mi Madre, nuestra Madre. Nunca tan corto nombre, cinco letras, expresaron tanto amor. Cuántas veces en mis luchas apostólicas recordaba de lo que mi madre, María de Azpilcueta frente a su imagen bella me rezaba al oído: “Valedme Señora mía”. Ella, mi madre, modeló mi corazón desde mi niñez en el castillo y me acompañó en el entusiasmo y horas amargas  por tu reino para que fuese tan fuerte como la piedra sillar del castillo en el que nací.

 

Señor, pequé, ten piedad y misericordia de nosotros

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos…, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Como cristianos, desde el día de nuestro Bautismo, estamos llamados a no huir de la cruz que, el Señor, coloca delante de nuestros ojos cada día. Como el Cirineo, también nosotros, nos hemos de involucrar allá donde nadie quiere comprometerse por no poner en riesgo su fama o su honor. Como Jesús, en la tarde de Jueves Santo al lavar los pies a los discípulos, estamos llamados a promover la caridad. Una caridad sin rostro. Una ayuda sin apellidos. Un hombro sin recompensa aparente alguna. ¿Desde cuándo no has sido cirineo de alguien? ¿Apoyas con tu forma de ser y de pensar los pesares o los problemas de los que te rodean?

La pena, cuando se comparte, se divide por dos. Y la cruz, Señor, parece hacerse más llevadera y ser menos obstáculo, cuando se aguanta con los demás.

 

Quiero agradecerte, Señor, las abundantes manos que enviaste cuando yo más lo necesitaba o, incluso, cuando en la soledad me deje empujar por un cirineo mayor, constante, silencioso, fuerte, valiente, fiel y comprensivo: ¿acaso no serías Tú, Señor? Envié en tu nombre cientos de cartas, de consuelo y desconsuelo, con alegrías y con tristezas y no siempre encontré respuesta a ellas: Tú, Señor, eras la mano que me animaba en aquellos que los conquisté para Ti, siempre para ti, Señor. Tú sabes Señor que intenté ser cirineo con los enfermos por donde quiera que pasé y defensor de los más débiles frente a los abusos de los más poderosos. No pretendí admiración por lo que hacía: eras Tú, Jesús, quien estabas dentro de mí. Eras mi recompensa. El secreto de mi caridad.

 

Señor, pequé, ten piedad y misericordia de nosotros

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos…, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Hablar de la fe, contrastar la fe y las luchas personales con un amigo espiritual nos puede ayudar a llevar la cruz de cada día; a consolarnos mutuamente o caer en la cuenta de que es mucho más lo que nos une que aquello que nos separa.  La Verónica representa el consuelo espiritual –oportuno y valiente- para un Jesús debilitado en fuerza pero pletórico de amor. Verónica somos cuando sacamos a relucir pero nunca lucir el pañuelo de nuestra alegría o sonrisa frente al que se encuentra triste. La Verónica habla por nosotros si devolvemos el bien por mal. El lienzo de la Verónica es teñido por el rostro de Cristo cuando, también nosotros, somos “otros cristos” en la realidad dura, solitaria, egoísta e individualista que nos atenaza.

¿Salimos al encuentro de aquellos que, tal vez, se encuentran en horas amargas?

    La vida y mi fe, en Ti Señor, me ayudaron a entender, que las personas que sufren son los cristos que andan por la tierra y nos hablan al oído. En hospitales, en medio de navegantes, tormentas de vértigo y aldeas arrasadas pude cuidarte, Señor. En los enfermos, muertos y tristes, conseguí besarte, Señor.

Y, cuando la prevención y la cobardía me colocaban límites y hasta pudor, entonces me decía para mis adentros: es el mismo Señor¡ Entonces, lo sigo recordando, cuando miramos a Dios, somos capaces de las mayores hazañas, nunca imaginadas por nosotros. Miraba aquellas personas, oh Cristo, y no veía llagas ni tan siquiera heridas. Contemplaba tu cuerpo y sentía que tu en ellos me llamabas y yo amaba. Sentía que yo a ti te cuidaba. Besaba sus cuerpos heridos y abiertos y los abrazaba en ti y contigo Cristo crucificado.

 

Señor, pequé, ten piedad y misericordia de nosotros

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos…, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Señor que, en nuestras caídas, no renunciemos a ti. Que confiemos en ti aún en medio de las angustias personales que padecemos. Nuestras torturas son mínimas comparadas con la cruz apoyada sobre el hombro de Cristo. Nuestros tropezones son cortos y poco dolorosos al lado de tantos miles de hermanos nuestros que sufren, mueren o son perseguidos en tantos países por el hecho de ser cristianos, por ser sacerdotes, por anunciar el evangelio.

         Que el Señor nos otorgue el estímulo necesario para sacar las fuerzas necesarias y levantarnos cuando nos apeamos de nuestras convicciones católicas y caemos en un relativismo que todo lo esteriliza y todo lo frivoliza. Lo malo, en la vida cristiana, no es caer en los defectos de cada día. Lo verdaderamente preocupante es habituarnos a esa situación de mediocridad. Vivir según el tono que algunos nos dan y olvidar el TONO MAYOR que el Evangelio nos ofrece ¿Miramos hacia arriba cuando los acontecimientos se nos ponen en contra o, por el contrario, nos quedamos pegados al duro suelo?

 

   También en mis viajes en favor de tu Reino pude comprobar que, el peso de la fatiga, era más fuerte que los delirios de mis sueños. Pero, al día siguiente, con la oración y con los ojos puestos en Ti, de nuevo la cruz, la asentaba –no en el hombro- sino en la mano para llevarla y predicarla a todas las gentes. No hubo ni una sola noche en la que, a pesar de mi cansancio en seco, bosques o la nieve bajo mis pies, no encontrase en mi desfallecimiento la vitalidad en la eucaristía, la oración o la contemplación del universo. ¡Más, más, más! En medio de tanto desafío y desaliento nunca me faltó el regalo y caricia de tu gracia.

 

Señor, pequé, ten piedad y misericordia de nosotros

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos…, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Todos los días en diversas esquinas de nuestra vida Jesús sale a nuestro encuentro. A veces nos encuentra abatidos, decepcionados o despistados. Tal vez centrados en nuestra palabrería o, incluso, mirando sin esperanza a lo que acontece en el mundo.  Ante el Señor, como San Francisco Javier, nos comprometamos en amarle con todo nuestro corazón. Y si luego, por lo que sea, tan sólo hemos logrado darle la mitad…que Él complete lo nos que falta para ser esos cristianos que el mundo de hoy necesita (no que el mundo quiere) y disfrutar con esta tarea a la que estamos convocados desde el Bautismo. Hoy, como las mujeres de Jerusalén, sentimos que el Señor nos habla. Que no le respondamos  con el llanto sino con el convencimiento de que Él nunca nos va a fallar. “No me digas muchas palabras y háblame con tu vida” (dijo un mendigo a un rico). Que también nosotros, a Cristo que es rico en gestos, ternura, compasión, alegría, fortaleza y obediencia, le respondamos: que no hable tanto, Señor, y que por Ti haga mucho más mi Dios.

 

   Tú, Señor, hablabas desangrándote  en medio de la mofa. Hoy, lo reconozco y también te confieso que –en muy parecidos momentos a los tuyos- me sedujiste para no renunciar en mi empeño. Quise hablar y a veces me callaron; quise proponer tu mensaje y otros más se burlaron o apalearon: pretendí gritar a los cuatro vientos que Tú eras el único Dios verdadero y, encontré oídos sordos y corazones obstinados. ¿Te digo una cosa, Señor? Nunca me arrepentí de hacerlo en tu nombre y de sus consecuencias. Hoy, contemplándote, me siento satisfecho de no haber guardado silencio para que la semilla germinase en personas, pueblos y ciudades por donde pasé hace siglos. Hoy todavía, siguen bendiciendo tu nombre. Yo me marché pero tu memoria, Cristo, sigue viva. Eso es lo esencial. Eso es lo importante.

 

Señor, pequé, ten piedad y misericordia de nosotros

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos…, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Cuando nos vayamos de este mundo tal vez Dios no nos preguntará si fuimos santos o perfectos, si vivimos al cien por cien nuestra santidad o nuestra caridad. Tal vez, mirándonos frente a frente, nos preguntará: intentasteis, INTENTASTEIS ser santos y perfectos, buenos y nobles, caritativos y levantaros de vuestra mediocridad?  Que como tantos santos en el impresionante santoral de la Iglesia, sepamos tomar y reservar nuestro tiempo para llenarnos de Dios. Que, en nuestras caídas, frecuentes y dolorosas…sepamos levantar nuestra cabeza para buscar tu rostro en el madero de la cruz.  Que no nos quejemos tanto de las contrariedades cuanto de nuestra cobardía para deshacernos de ella. En cuántos momentos, preferimos vivir en la penumbra para no ver la luz o el  abrazamos al todo vale porque, la exquisitez cristiana, nos exige ser más buenos con los demás y más exigentes con nosotros mismos.

         Te pedimos, Señor, que nuestros caminos (con alzadas y caídas) sean bendecidos por tu mirada de amor. Que sean prolongación de una vida sincera y cristiana que esté cimentada en Ti, alimentada en Ti y consagrada a Ti.

         Haz, Señor, que como seguidores tuyos (no sólo admiradores) sepamos pedir perdón por aquellos errores que se dan en nuestro caminar diario. Levántanos, Señor, como Tú te levantaste en tus caídas.

 

    Tú lo sabes, Señor, que la carrera de la fe  no siempre es fácil. Rumbo a las Molucas en muchos peligros me vi en ese viaje; tormentas de agua y también los truenos y centellas de mis enemigos. Con viento recio navegando y tocando el timón la tierra. Muchas lágrimas vi en esa nave (Ex 55.5). No me vine abajo. Tu fuerza me sostenía. Tú eres aquel que domina todos los elementos. Incluso en los momentos de aparente fracaso.

Aún recuerdo, en mis coloquios contigo, la respuesta que me diste: en todo cumplir la voluntad de mi Padre. Ese es mi mayor secreto para siempre alzarme y continuar adelante. Tan sólo 5 cartas recibí de Europa durante todo mi apostolado en Oriente. Pero tú, Señor, todos los días escribías en lo más hondo de mi alma. Tu Palabra era lo que necesitaba y me sostenía.

 

Señor, pequé, ten piedad y misericordia de nosotros

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos…, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

         Al contemplar cómo te arrancan la túnica junto con el manto, quisiéramos tener el fervor de tantos hombres y mujeres de Dios que, con su vida y su testimonio, nos han dado un ejemplo radical: hay que despojarse de todo, menos de Cristo. Danos, Jesús, el gusto por tu manto y aleja de nosotros el mal gusto de la moda de cada momento. Que sepamos presentarnos ante el mundo como lo que somos (sin disfraces), con nuestra propia identidad e ideas (sin careta alguna), con el oro de nuestra caridad y solidaridad cristiana (no sólo con cortesía y enjoyados). Que sepamos presentare, Señor, siendo conscientes de que no es grande quien tiene piel blanca, amarilla o morena..sino aquel que sabe dejar, esa piel, en el camino, en las causas de los más desfavorecidos, en la voz de los que no cuentan para nada o en la defensa de la vida.

Qué fácil resulta, oh Jesús, cuidar la piel de nuestros cuerpos y rostros. Qué cuesta arriba se nos hace, Jesús, despojarnos de lo que es –a la larga- hojalata, miseria, desencanto y superficialidad que no dice nada.

         Que seamos capaces de ofrecer ante la desnudez espiritual de tanta gente, algunas prendas que guarden y posibiliten tu gracia: como padres (una educación cristiana), como sacerdotes (más y mejor atención pastoral), como educadores (una educación cristiana). Que nos despojemos de todo aquello que nos aleja de Dios y que nos revistamos del traje de fiesta que nos brinda la Palabra de Dios o la Eucaristía.

En cuántos momentos, oh Cristo, te despojamos –queriendo o sin querer- de lo más sagrado de tu persona y de tu casa.

Al hombre le cuesta entender y asumir que, desnudo vino al mundo, y sin nada marchará de él.

    Ganar el mundo, fue a primera vista, mi intención más sublime. Despojarme de esas pretensiones me dio la posibilidad de conocerte, de amarte y de intentar ganar almas pero no para mí, sino para Ti y tu Gloria.

Gracias, Señor. No perdí nada, al contrario, fue mucho lo que conquisté aunque a simple vista me pareciera poco o nada. ¿De qué le sirve ganar al hombre todo si luego pierde su alma? Qué duro fue presenciar la demolición de mi castillo natal. Apenas tenía yo 11 años. Pido a Dios  que no se vengan abajo esas otras piedras que han sido la fuerza, identidad y fe de Europa.

Gracias, Señor, porque al despojarme del vestido de la apariencia, me cubriste con el manto de la eternidad.

 

Señor, pequé, ten piedad y misericordia de nosotros

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos…, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Anunciamos, en medio de tanto rostro clavado, la esperanza que nos pregona Jesús? ¿Presentamos la cara más amable de la Iglesia cuando estamos asaeteados de noticias que sólo nos hablan de destrucción, pesimismo o angustia? ¿Preferimos callar y guardar a buen recaudo nuestras ideas antes que ser clavados por nuestra coherencia  o fidelidad a Cristo?

         El que extiende sus brazos en la cruz no nos exige ni mucho menos ser mártires por la fe (pues hasta eso es un don de Dios). Pero, hoy, aquí y ahora, la mejor lección ante el mundo que nos rodea  es la valentía y la transparencia de los que nos decimos ser cristianos. La fe propone, por supuesto. La fe no se impone…pero tampoco se esconde.

         El Cristo clavado pone al descubierto nuestra vida. A nadie nos gusta sufrir. Eso, entre otras cosas, pensamos que es cosa de santos. Algo que nos viene grande cuando, en realidad, nos rodea en el día a día. Jesús clavado en la cruz nos invita a donar generosamente nuestra vida. A dejarnos traspasar por los clavos de la delicadeza, de la entrega, de las convicciones profundas, el perdón frente al odio o  el ser hermanos frente a la diversidad en las ideas.

         ¿Somos aire fresco para la Iglesia de hoy o, más bien, la crucificamos con nuestra cobardía, defectos, caídas o silencios?

    En las decisiones de nuestra existencia luchamos y avanzamos, codo a codo, entre el bien y el mal. En la encrucijada de mi trabajo misionero tuve, en diversas ocasiones, la oportunidad de sentir de cerca la maldad y la bondad, la fidelidad y la traición.

En múltiples ocasiones fui tratado como malhechor y ladrón de conciencias. Pero, Tú Señor, hiciste que en muchos brotase la llama de la fe. ¡Perdónalos, porque no saben lo que hacen!

 

Señor, pequé, ten piedad y misericordia de nosotros

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos…, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

De la cruz nace la vida nueva de Pablo, de la cruz. Nace la conversión de Agustín y nace la pobreza feliz de Francisco de Asís. De la cruz nace la bondad expansiva de Vicente de Paúl y de la cruz nace el heroísmo de Maximiliano Kolbe. De la cruz nace la maravillosa caridad de Madre Teresa de Calcuta y de la cruz nace el amor estremecedor de San Francisco de Javier en estos 400 años de su canonización. E esa cruz se agarró, hasta en los últimos instantes de su vida. Sabía que de la cruz nace la revolución del amor y, a la sombra de la cruz, surgió el germen de la Iglesia en tantos países donde sus manos la alzaron. Por eso la cruz no es la muerte de Dios, sino el nacimiento de su Amor en el mundo ¡Bendita sea la cruz de Cristo!

También nosotros necesitamos mirar más a la cruz. A veces nos pueden agobiar las situaciones de incredulidad, rechazo o abandono de la fe que estamos padeciendo.

         No es lo mismo morir con fe que sin fe. No es lo mismo alumbrar una habitación, en el momento de la muerte, con la lámpara de la fe que oscurecer nuestro último aliento con las dudas, el absurdo o mil interrogantes.

         Jesús muere en la cruz pero, sus siete palabras, jamás quedarán en el olvido. Serán testamento y, sobre todo, preámbulo de una Pascua resucitada y resucitadora.

    Mis ojos se perdieron en el horizonte del mar. Mis manos agarraron la cruz que nos dio la vida. La luz de un simple cirio iluminaba la  noche más trágica del hombre que no cree y la más esperada del que ansía el encuentro con el Amado. Allá, en mi Gólgota personal, con el murmullo de las olas del mar y la compañía de un amigo cerré los ojos con el firme convencimiento de poder verte cara a cara en el cielo. Qué grande es cerrar los a este mundo con los ojos puestos en Dios. Era aquel 3 de diciembre de 1552 y en mi agonía, agarrándome a la cruz de Cristo, repetí una y mil veces: “Madre de Dios, acuérdate de mí”.

 

Señor, pequé, ten piedad y misericordia de nosotros

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos…, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

El centro del mensaje de muchos y grandes Papas, teólogos, santos y santas, hombres y mujeres de a pie, arquitectos y escultores, poetas y músicos, labriegos y doctores, pintores o artistas…ha sido en muchos casos Cristo crucificado.

         ¡La cruz! Invita a clavar los ojos en ella pero, a continuación, a no quedarnos clavados en sus dos maderos.

         ¡La cruz! Enseña la lección suprema de un amor crucificado pero, luego, nos arroja al suelo para ser otros cristos que ayuden, levanten, bendigan, perdonen y desciendan hasta las periferias de los hombres de nuestro tiempo.

         Jesús, bajado de la cruz, cae en los brazos de la Madre. Tampoco a nosotros nos ha de faltar –en ese instante de nuestra vida- la fidelidad de una mujer que fue FIEL hasta el último instante de su vida. Tampoco a nosotros, cuando nuestro cuerpo sea desclavado de los maderos de esta tierra nuestra, nos han de faltar dos ojos –los de la Virgen María- para reconocernos como hijos e hijas e interceder por nosotros ante el Dios del cielo.

 

En belén, las manos de Santa María, te recibieron, Y, en el Gólgota, una vez más, también. Allá te recibieron limpio y niño, en el Calvario, herido, humillado y con un amor maduro y sin condiciones

    También mis manos, Jesús, supieron acogerte en cada eucaristía. En los momentos de amargura y de aparente soledad. Cuando descendiste en mi bautismo en 1506, cuando te recibí por primera vez en tu cuerpo consagrado en el altar. ¡Cuántas veces Señor vi que bajabas! En el sacramento del perdón, en mi ordenación sacerdotal en Venecia, en las unciones que a cientos impartía sobre enfermos y moribundos. Y te ví bajar, Señor, en aquella noche donde mis ojos miraban a China pero tú me llamabas a la eternidad.

También mis manos, Señor, te bajaron del cielo en cada eucaristía. Alabaron tu nombre en

 

Señor, pequé, ten piedad y misericordia de nosotros

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos…, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Perdónanos, Señor, si decimos amarte y

Gracias, Señor, porque me sedujiste, porque me llamaste.

Gracias, Señor, porque cambiaste el rumbo de mis intenciones

Gracias, Señor, porque siendo débil como fui me hiciste fuerte al ir contigo.

Gracias, Señor, porque en el silencio, espero aquel día en que podremos gozar, con todos los que creen en Ti, de la eterna felicidad en el cielo.

, tal vez,  somos ignorantes de tu persona y de tus verdades.

Perdónanos, Señor, si cuando hablamos vencen más nuestras palabras que la Gracia que contenida en las tuyas

Perdónanos, Señor, si ocultamos tu gran Verdad. Si, por no ofender, la  expresamos a medias o incluso le ponemos el silenciador o la pantalla del relativismo.

         Ayúdanos a colocar, en el sepulcro blanqueado de nuestro mundo, la esperanza de tu Reino. Enséñanos a llevar tu cuerpo vivo, y no muerto, allá donde yacen los grandes derrotados de nuestro tiempo con palabras que sean pregón, extensión y eco  de las tuyas.

¡TÚ NO ESTÁS MUERTO! ¡ESTÁS VIVO Y NOS LLAMAS A LA VIDA!

Nuestra vida, sin Dios, queda incompleta. Nuestra existencia orientada hacia El cobra especial y eterno sentido. Mi cuerpo, cansado y abatido, espera lo que nos trajo el fruto del árbol de tu cruz: la redención.

   Algunos pensarían que, con mi cuerpo enterrado, también el Evangelio habría acabado. Pero hoy, Señor, Tú sigues haciendo brotar y fructificar todo lo poco que fui  e hice por Ti.

Mi gozo fue anunciar tu vida, pasión, muerte para que el hombre supiera que, por Ti, estaba llamado a resucitar. Mi cuerpo se desvanecía con 46 años pero tu nombre sigue resonando allá donde mi voz proclamó tu grandeza. Para San Francisco Javier como reza la tumba de San Pablo en Roma el epitafio puede ser perfectamente: “PARA MI LA VIDA ES CRISTO” (Fil 1,21)

Señor pequé

 

Señor, pequé, ten piedad y misericordia de nosotros

No son 14 estaciones, Señor, 
son muchas más.
Tantas estaciones como gestos
 heroicos y divinos
generosamente hiciste 
por esta humanidad doliente.
Entre ellas, Señor, tal vez falten
las de las dudas y rechazos que,
 camino del calvario,
sentiste en tu lento caminar 
pero certero paso.
Tal vez, Señor, estén ausentes
miradas complacientes 
de los que intentaban acallarte
o, incluso, el abrazo y 
desgarro de una Madre
que, en tu vida, 
fue testigo, amor y confidente.
Tal vez, Señor, 
nos queden algunas estaciones
por recorrer y, con ellas, 
nuestro amor ofrecerte.
Pero, entre todas ellas, 
falta la de cada uno de nosotros:
La estación de nuestra fe, para confiar en Ti
La estación de nuestra entrega, para parecernos a Ti
La estación de nuestra generosidad, 
para negarnos como Tú
La estación de la obediencia, 
para mirar más hacia el cielo
La estación de tu mensaje, 
para proclamarlo sin temor alguno
La estación de tu humildad, 
para apearnos de nuestro orgullo
Haz, Señor, que al final de este vía crucis
no olvidemos que, el final de este camino,
no es fracaso ni desconcierto, no es sólo muerte ni llanto
sino que, al final, solo al final 
de los que creemos y esperamos
aguarda la estación más importante 
que tú conquistaste:
LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA
Gracias, Señor