Vía Crucis




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En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Damos comienzo a este rato de oración haciendo el Vía Crucis en las Javieradas del año 2026. Esta oración tradicional en la espiritualidad cristiana pone de relieve la verdad de que la vida es camino y en la vida hacemos camino; un camino bello, pero no exento de dificultades y de muchas cruces. Este año quiero invitar a todos a confiar en Dios, hoy, somos todos, todos, todos “invitados a la fe”.

La fe en el amor de Dios es lo que movió el corazón del patrón universal de las misiones a buscar, en todo, la voluntad de Dios. Fiel al mandato de Jesús, “id al mundo entero y predicad el Evangelio”, quiso permitir que Dios se sirviera de él para la misión de llevar consuelo y esperanza, y así anunciar la Verdad, que es el mismo Jesús.

Aunque ya dimos fin al año jubilar de la esperanza, seguimos necesitando avivarla en nuestros corazones y en nuestra sociedad. La incertidumbre por una paz que vemos tan amenazada constantemente por lideres demasiado caprichosos. La injusticia social y económica en la que está establecida la convivencia, nos ha de llevar a caminar juntos como Iglesia y familia de Dios en el deseo de construir un mundo mejor, el Reino de Dios.

En la meta de este vía crucis tenemos la celebración de la Eucaristía, signo y sacramento de un Dios que es peregrino con y como nosotros. Que no nos abandona ante las dificultades y que nos fortalece con sus palabras y su Vida. No es una meta definitiva: En la Eucaristía está la mesa donde nos sentamos para alimentar la fe. Una fe que nos permite descubrirnos como hermanos que han de amarse como él nos amó y nos ama. Este fe no permite ver la Eucaristía como anticipo de le Banquete del Cielo.

Queridos hermanos y hermanas que la gracia y la fuerza del Señor estén con vosotros.

Te adoramos oh, Cristo, y te bendecimos que por tu santa Cruz redimiste al mundo.

         Jesús, el Inocente, comparece ante el tribunal de los hombres. El juez eterno es juzgado. “Pilato le pregunta: ¿Qué es la verdad?” (Jn 18,38) y la Verdad es silenciada.

La justicia humana se rinde ante el miedo. La Sabiduría de Dios es rechazada. “Los hombres no reconocieron la justicia de Dios” (cf. Rom 10,3). El mundo condena a su Salvador porque no soporta la luz que revela el pecado. “Conviene  que uno muera por el pueblo” (cf. Jn 11,50).

Así el Hijo de Dios es entregado porque la luz incomoda a las tinieblas. Jesús acepta la sentencia injusta. “Se despojó de sí mismo, tomando la condición de esclavo” (Flp 2,7).  No se defiende. “Fue contado entre los malhechores” (Is 53,12; cf. Lc 22,37). No responde con violencia, permanece callado. No devuelve condena por condena.

El Amor permanece. No huye. Ama hasta el extremo. Acepta voluntariamente la sentencia, obedece por amor,  porque así lo quiere la voluntad del Padre. “A quien no conoció pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros” (2 Cor 5,21).  Carga sobre Él el pecado del mundo porque  así nos salva.

Señor, Tú que nos dices: “Yo soy  el Camino, la Verdad y  la Vida” (Jn 14,6), aceptas una sentencia de muerte por amor a los hombres. Callas ante un juicio injusto y en tu silencio hablas más fuerte que mil palabras. Tu paciencia vence a la violencia. Tu mansedumbre derrota al pecado.

Hoy también condenamos al inocente cuando elegimos  la comodidad antes que la verdad, cuando el mundo se avergüenza del Evangelio,  cuando el amor se negocia y la misericordia se olvida. Señor Jesús, condenado sin culpa, tu silencio nos juzga y nos convierte.

No permitas que nuestro corazón permanezca indiferente y  te condenemos de nuevo con nuestra tibieza, con nuestro miedo, con nuestra  mediocridad, con un amor que se queda en palabras. Haznos testigos valientes de la verdad y servidores fieles de tu Reino, para que trabajemos por la Paz y la Justicia; que  no vivamos para nosotros sino para que otros sean consolados, acompañados en la enfermedad,  en su dolor y soledad.

Haz que arda nuestro corazón, como San Francisco Javier, con el deseo de servirte y de llevar tu nombre allí donde aún no eres conocido, allí donde el Evangelio no es aceptado.  Que prefiera, Señor,  perderlo todo antes que perderte a Ti, que fuiste condenado para que tuviéramos vida y vida en abundancia (Jn 10,10).

Señor, pequé. Ten piedad y misericordia de mí.

Padre Nuestro

Te adoramos oh, Cristo, y te bendecimos que por tu santa Cruz redimiste al mundo.

Del evangelio de San Juan(19, 16-17) «Entonces se lo entregó para que fuera crucificado. Tomaron, pues, a Jesús, y él cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota».

La cruz que llevamos al pecho, la que preside nuestra casa, o la cruz de nuestra parroquia la miramos con cariño, con devoción. Pero si traemos a nuestro interior la cruz primera, la que Jesús carga sobre sus hombros vemos una escena que nos sobrepasa. ¿Qué sentimos entonces? ¿Angustia, miedo? o decimos ¡Esto no puede ser! Tú Jesús, el Inocente, ¿por qué? No acabamos de entender bien este amor que traspasa todos los límites. Jesús ofreciéndose por toda la humanidad. Por nuestra fe los cristianos reconocemos en la cruz es signo de entrega de un Amor llevado hasta el extremo. ¡Don maravilloso de la fe!

Y esta entrega de amor comienza así: Jesús, inocente, carga de manera injusta, con el mal en todas sus formas: las traiciones, las indiferencias, los prejuicios, los insultos… Y en su condena, todas las condenas injustas de la historia. Pero esto no queda ahí. Está llevando sobre sus hombros, (sus ya maltrechos hombros) el peso de la humanidad doliente, del mal en el mundo, las contradicciones de la vida, el sufrimiento de muchos…

Y en esto también estoy yo. Poniendo más peso si cabe en la cruz de Jesús.  A Jesús le pesan, le hieren las cargas que yo misma pongo sobre los demás. Sobre todo a los más débiles. La falta de compasión con los que sufren porque la vida les es muy dura; el robo del pan que acumulo de forma injusta y no comparto; las miradas de desprecio o ese volver la cara ante el que pienso que no es igual que yo;  hacerles víctimas de mis iras y desprecios o con mis silencios y complicidades. Las cargas que ponemos a los otros como verdaderas cruces.

Y además, todos nos quejamos de nuestras propias cruces. La vida a veces nos trata mal, o no tan bien como soñamos y en ocasiones nos vienen mal dadas. Nos sentimos molestos por no alcanzar el éxito que ansiamos, o porque nuestro propio cuerpo nos recuerda de qué material estamos hechos y que no somos invencibles a la debilidad física o a la enfermedad. O nos angustia no llegar a fin de mes y nos preocupa el pan de nuestros hijos. O tengo problemas con el trabajo, porque no lo tengo o porque no llego a todo. O por los conflictos con los más cercanos…

No soportamos el sufrimiento, el sinsentido. Pero Jesús nos ayuda a encontrar un sobre sentido. Jesús no huye de la cruz; la acepta con amor. Él no mira la cruz con resignación, porque sabe que ese camino es el de la salvación y quiere, por encima de todo, hacer la voluntad del Padre.

Jesús nos invita a seguirle por un camino que lleva a la Vida. Nos invita a acoger su salvación, a esperar el triunfo glorioso de su Resurrección. Pero el camino del seguimiento no es fácil. Olvidamos las palabras de Jesús: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará. (Lc. 9,22-24).

Señor, nosotros nos quejamos de las cruces que nos trae la vida. Ayúdanos a dar sentido a nuestro sufrimiento y enséñanos a llenarlo de amor por Ti y por los demás. Haznos humildes para reconocer y aceptar nuestras propias cruces.

Señor, no aceptamos acompañar las cargas de los demás solidariamente. Nos falta determinación y perseverancia para luchar por el bien común. Danos la fe, la esperanza y el amor para ser cristianos y seguirte, para poder cargar con la cruz y comprometernos activamente por un mundo más fraterno. Señor, ensancha nuestro corazón para que podamos agradecerte tanto Amor.

Señor, pequé. Ten piedad y misericordia de mí.

Padre Nuestro

Te adoramos oh, Cristo, y te bendecimos que por tu santa Cruz redimiste al mundo. 

 

«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Así nos invita San Mateo a la fe y la confianza (11, 28).

         El desgaste físico va haciendo mella en la naturaleza humana de este hombre y, también, Dios. Jesús cae por primera vez pues la cruz pesa y los golpes que ha recibido han dañado grandemente su cuerpo y mermado sus fuerzas.

         Jesús ha caído por primera vez. Cuantas veces usamos esta expresión en nuestras vidas: “ha caído en…”, ha caído en las drogas, ha caído en una secta, ha caído en una red de extorsión, ha caído en el vicio de… Ha caído porque estaba erguido. Ha caído porque caminaba. Ha caído porque ha tropezado. Ha caído porque la dificultad es grande o la voluntad es pequeña. Caemos de un estado y una situación que es mejor, que “andar por los suelos”. Caemos respecto a los nobles y sublimes deseos. Caemos de los buenos y grandes planes que alberga el corazón humano. Caemos como personas, como hijos de Dios, como familia, como comunidad, como pueblo y nación. Caemos como humanidad.

         Caemos por el deseo de poder y poseer, por el interés particular e individualista. Caemos por mirarnos hacia nosotros mismos o por exaltar nuestro poder y capacidad. ¡Hay tantas zancadillas que nos hacen caer!

¿Qué hacer ante la debilidad humana? Ante la enfermedad, ante la posibilidad de equivocación y de error, ante la mala voluntad de las gentes o ante la inminencia de la muerte. ¿Qué hacer? Levantarse, como Jesús, y seguir caminando.

Jesús podría haberse quedado ahí, sin levantarse, sin moverse quejándose por el dolor o lamentándose por su mala suerte. Con toda razón humana podría haberlo hecho. Pero no hubiera cumplido su misión. Pero, tras la caída, se levanta. La caída puede servir para recomponerse y recuperar fuerzas. Pero lo que mueve a levantarse es tener una meta, una buena razón, para seguir caminando.

Jesús ha caído, para solidarizarse con todos los “caídos”, para ser ejemplo para todos los que sucumben ante las dificultades. Y para, decirnos que contamos con él, para levantarnos como se levantará, y nos levantará, en su Resurrección.

         Jesús, que siempre nos demos cuenta de que el problema real no está en caer, sino en no levantarnos. Señor que la oración y la Eucaristía frecuente nos hagan recuperar las fuerzas desgastadas para seguir caminando.

 

Señor, pequé. Ten piedad y misericordia de mí.  

 

Padre Nuestro 

 

+ Canto: El Señor es mi pastor… 2, 52 

Te adoramos oh, Cristo, y te bendecimos que por tu santa Cruz redimiste al mundo.   

Apenas se ha levantado Jesús de su primera caída portando la cruz, encuentra a María, su Madre, junto al camino del Calvario.

María y Jesús se miran con inmenso amor, sintiendo el dolor insoportable el uno del otro. El alma de María queda rota de dolor y de amargura.  Ahí está el hijo de sus entrañas, a quien llevó en su seno, a quien acunó, con quien pasó momentos de alegría y de risas, con quien compartió momentos inolvidables entre madre e hijo. Pero nadie se da cuenta de ello, nadie se fija… sólo Jesús. Se ha cumplido la profecía de Simeón: “Una espada traspasará tu alma”.

En las oscuras horas de la Pasión, desde la soledad y el desamparo, María ofrece a su Hijo un bálsamo de ternura, de unión, de fidelidad; una aceptación de la voluntad divina. Con este sencillo y hondo gesto de María de acercarse a Jesús, sentimos que sigue compadeciéndose de sus hijos y los acompaña en sus sufrimientos.

María se olvida de su dolor para unirse en aceptación y en común entrega al plan de Dios. Porque lo que les distingue no es la amargura de su dolor, sino la plenitud de su entrega, con amor y de forma voluntaria.

Cuando todos te han abandonado, Jesús, allí está la Madre que sale al encuentro. A ella no le importa que la señalen con el dedo y que digan que es la madre de un preso y de un condenado a muerte. La madre quiere participar del sufrimiento de su hijo. Y estar cerca, con él.

Señor, en estos días de abandono y soledad por los que podemos estar pasando, que sepamos encontrar en María a la madre que nunca falla y siempre está. Que tu compañía y tu presencia, Señor, nos den la fuerza necesaria para sentirnos vivos y seguir caminando.

Señor, pequé. Ten piedad y misericordia de mí.  

 

Padre Nuestro 

Te adoramos oh, Cristo, y te bendecimos que por tu santa Cruz redimiste al mundo. 

Jesús salió del cuartel Romano ( Pretorio ) llevando a cuestas SU CRUZ, camino de la colina del Calvario; cuando inesperadamente  – ¡¡¡ Jesús siente el peso de la Cruz  !!! – y llega su primera caída … , momento que deja de manifiesto que su agotamiento … es como el de cualquier ser humano que exhausto por el peso del sufrimiento se ve doblegado por el dolor.

Hoy te pregunto: ¿Cuál fue la primera caída en tu vida , que pensaste … me rindo … ? , “No puedo más” . Seguro que en aquel instante tuviste una o varias personas cerca de Tu Vida que te ayudaron a levantarte. ¿recuerdas quiénes eran?

Los soldados con miedo a que Jesús “no pudiera con La Cruz”, deciden buscarle un sustituto. Y casualidades de la vida … un hombre que pasaba por allí, un tal “Simón de Cirene” que venía del campo, le obligan a tomar La Cruz sobre sus hombros … para llevarla detrás de Jesús.

¿recuerdas quién era aquel o aquella “Cirineo” que compartió tus momentos más difíciles … y que Jesús cruzándose “casualmente” en tu vida, quiso compartir contigo el peso de … tus Angustias, tus Miedos, tus Frustraciones, tus Fracasos … en definitiva compartir contigo esa pesada Cruz que te atormentaba … ?

Seguro que Simón tomó La Cruz de mala gana y a la fuerza … , pero “reforzado y tocado por la Gracia desbordante de Cristo” la abrazó , tal vez con resignación … ,  pero la abrazó con Amor, este acontecimiento seguro que fue para él motivo de “conversión hacia una Nueva Vida” ,una “vida de pleno sentido y profunda Paz”.

         Como decía la hija de una víctima del terrorismo recientemente …  “No nos damos cuenta del bien que nos hace compartir el dolor”. Compartamos con FE el dolor , los miedos, las angustias y los “sinsentidos”  que se mueven alrededor de nuestras vidas … y seguro que nos sentiremos reconfortados por Cristo. Reconozcamos a Jesús y digamos como San Juan Bautista “Ahí está el cordero de Dios , que quita el pecado del mundo “ (Juan 1:29-35) y nosotros como el CIRINEO … Junto a Cristo.

 

Señor, pequé. Ten piedad y misericordia de mí.

Padre Nuestro

Te adoramos oh, Cristo, y te bendecimos que por tu santa Cruz redimiste al mundo.

 

Jesús, el camino al Calvario sigue siendo duro. El polvo se te pega a la piel, el sudor se mezcla con la sangre, y el cansancio pesa más que la cruz. Apenas puedes levantar la mirada. Todo es ruido, empujones, prisas, indiferencia.

De pronto, alguien se detiene.

Una mujer se abre paso entre la multitud. No hace discursos, no da explicaciones. Simplemente se acerca. Te mira. Y en ese gesto sencillo, valiente, rompe la lógica del miedo.

Le llaman Verónica. No sabemos mucho más de ella, pero sí sabemos lo esencial: no pasó de largo.

Con un paño en las manos, se acerca a tu rostro. Lo limpia con cuidado, con respeto, con ternura. No te quita la cruz, no cambia el rumbo de la historia, pero te ofrece algo profundamente humano: consuelo. Te devuelve dignidad cuando otros solo ven a un condenado. Y en ese gesto pequeño queda grabado tu rostro, tu dolor, tu amor por nosotros.

También hoy, Jesús, tu rostro sigue desfigurado. En los rostros de quienes sufren, de quienes son marginados, de quienes no cuentan. En los que cargan cruces invisibles. Y muchas veces yo sigo caminando, miro hacia otro lado, acelero el paso.

Enséñame a ser como Verónica. A detenerme. A no tener miedo de acercarme al dolor. A ofrecer lo que tengo: tiempo, escucha, cuidado. Un gesto sencillo que alivie, una presencia que acompañe. Ayúdame a ser compasivo, a reconocer tu rostro en tantos rostros olvidados. Enséñame a ser consuelo de los más necesitados. Hazme capaz de reconocer la belleza, el amor en medio del ruido, del caos, de la brutalidad.

Que no busque grandes hazañas, sino la fidelidad en lo pequeño. Que sepa reconocer tu rostro en cada persona herida. Y que, al enjugar el rostro del hermano, deje también que tú limpies el mío, cansado, distraído, a veces endurecido.

Jesús, hazme capaz de verte… y de quedarme contigo en el camino a la cruz.

 

Señor, pequé. Ten piedad y misericordia de mí.

Padre Nuestro

Te adoramos oh, Cristo, y te bendecimos que por tu santa Cruz redimiste al mundo.

 

Otra vez Jesús cae al suelo. Pero no se siente derrotado.  No abandona su compromiso.  Jesús sabe bien que lo malo no es caer.  Lo verdaderamente malo es no levantarse… 

Algunas personas sí que se sienten derrotadas. Y creen que no van a poder levantarse.  Ni que merezca la pena intentarlo. Se han caído ya muchas veces, o les han puesto la zancadilla. Muchas veces no les ayudamos y hemos perpetuado que sigan sentados o mejor, tirados. Es triste ver cómo no hay nada que les aliente a intentar esforzarse, y que a nadie le valga la pena intentarlo. ¿Va a haber alguien por el que valga la pena luchar, si nadie les ama? …

A veces pasan semanas sin que nadie les dirija la palabra. Abandonados con sus fantasmas y sus soledades. La única forma de conseguirlo es amándoles, y dándoles a conocer el maravilloso regalo de su existencia. Conocerles por su nombre, conocer su historia, escuchándoles, alegrándoles. Darnos a ellos para que se puedan dar. Ignorarlos o ayudarles puntualmente, sin pensar en ellos como otro yo, es ayudarles a caer una y otra vez…

Ayudémosles a levantarse del suelo!!!

 

Señor, pequé. Ten piedad y misericordia de mí.

Padre Nuestro

Te adoramos oh, Cristo, y te bendecimos que por tu santa Cruz redimiste al mundo.

En su camino al Calvario, Jesús se detiene ante las mujeres que lloran por Él. Aun cargando la cruz, su corazón permanece libre para amar y enseñar. “Cristo no se encierra en su dolor, sino que lo transforma en don”. (Juan Pablo II). Por eso sus palabras no buscan compasión superficial, sino una conversión profunda: “Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad por vosotras  y por vuestros hijos.” (Lc 23,28). Jesús no rechaza su compasión, la orienta hacia lo esencial.

Esta llamada nos invita a mirar más allá de la emoción. “La verdadera compasión conduce a la verdad”, (Benedicto XVI) y la verdad del sufrimiento humano está unida al pecado, a la injusticia y al olvido de Dios. Jesús nos enseña que no basta conmovernos ante su dolor si no permitimos que su palabra transforme nuestra vida.

Aquí resuena con fuerza la voz misionera de san Francisco Javier, quien clamaba: «¡Cuántas almas se pierden por falta de quien las ayude!» Su lamento no era solo emoción, sino celo ardiente por la salvación de los hombres. San Francisco Javier no se quedó llorando el mal del mundo, sino que se dejó enviar, convirtiendo la compasión en misión. Comprendió que llorar por Cristo implicaba anunciarlo. Su vida fue respuesta concreta a esta llamada: dejar seguridades, cruzar fronteras y gastar la vida para que otros conocieran a Jesús.

“Una fe que no se deja tocar por el sufrimiento del otro se vuelve estéril. (Papa Francisco). Jesús, al hablar a las mujeres, nos invita a un llanto fecundo, un llanto que despierte responsabilidad y compromiso. No es un llanto centrado en Él, sino en la humanidad herida que necesita redención: las víctimas de la violencia, de la  trata, de los desastres naturales, de la guerra,  de todo tipo de  injusticia, ancianos que viven en soledad, enfermos sin esperanza, familias que no tienen lo suficiente para vivir, migrantes y refugiados  que se desplazan buscando una vida digna.

Jesús sigue diciéndonos hoy: no os quedéis solo en el lamento. “No tengáis  miedo de ensuciaros las manos por amor al Evangelio.” (Papa Francisco)

Nos enseña que la verdadera compasión se expresa en una vida transformada, en obras concretas de amor: “No amemos de palabra ni de boca, sino con obras y de verdad” (1 Jn 3,18).

Ayúdanos, Señor, a que no volvamos los ojos ante la cruz ni la miremos de lejos.  Haznos discípulos valientes, que no solo se conmuevan ante el dolor ajeno, sino que te sigan con fidelidad, sin miedo. Líbranos de una fe cómoda y silenciosa.  Concédenos, Señor, un corazón como el tuyo: capaz de llorar, sí, pero sobre todo capaz de amar hasta que nos duela.

Señor Jesús, que nuestras lágrimas se transformen en entrega, nuestro dolor en amor, y nuestra fe en testimonio vivo,  para salir al encuentro de los demás, llevándoles esperanza y consuelo.

 

Señor, pequé. Ten piedad y misericordia de mí.

Padre Nuestro

 

Te adoramos oh, Cristo, y te bendecimos que por tu santa Cruz redimiste al mundo.

 

Del profeta Isaías (53,39): «Fue rechazado y desechado por los hombres, hombre de dolores, que sabe lo que es sufrir»

Contempla a Jesús. De nuevo por los suelos…Ya sin fuerza, lleno de dolor… y en su camino no es precisamente que lo lleve a algo mejor.

Parece que el mal nos gana siempre. Otra vez el fracaso, otra vez la misma piedra de tropiezo… ¡si es que no tengo remedio! … una vez más me gana mi debilidad… otra vez las mismas faltas… otra vez una mala decisión… otra vez he hecho daño… otra vez tanto desamor… ¡Ya no podemos más!

Estas son experiencias de vida de cada uno de nosotros. Solemos ver en cada caída la fuerza del fracaso, de que nada es posible, de que no hay remedio…  En la caída de Jesús todas las caídas

Pero Jesús se vuelve a levantar. Nos vuelve a levantar a todos.

Jesús se levanta de nuevo y nos desafía a no resignarnos ante el mal… Cada caída puede ser una oportunidad de poder levantarte hacia algo nuevo. ¡Hay esperanza! Con Dios siempre hay esperanza. La salvación que nos trae Jesús está llena de esperanza.

Dios se hace presente también en nuestras caídas. ¿No hemos vivido a veces situaciones duras en las que nos ha asistido una fuerza nueva, que no era nuestra, que era un regalo venido de otra parte? Pues haz el esfuerzo de ponerle nombre a quien te dio esa fortaleza, a quien te ha salvado, a quien que te ha levantado. Si pones un granito de fe, te saldrá de manera fácil el nombre bendito de quien te la dio. ¡Dios no abandona!

 Señor Jesús, danos valentía y fe para levantarnos de nuevo, volver a caminar, y poder seguir tus pasos. Danos siempre esperanza y amor para acompañar y levantar a quienes caminan junto a nosotros en la vida.

Queremos ayudar a otros a caminar hacia Ti, a pesar de nuestras caídas y de sus caídas. ¡Vuélvenos, Señor, a levantar! No dejes que nos resignemos al mal. Danos fe para saber que el mal, la muerte y el pecado no tienen la última palabra. Gracias Jesús, tu Amor nunca nos abandona.

 

 

Señor, pequé. Ten piedad y misericordia de mí.

Padre Nuestro

Te adoramos oh, Cristo, y te bendecimos que por tu santa Cruz redimiste al mundo.

 

         Leemos en la carta de san Pablo a los Filipenses (2, 5-8) Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús. El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz.

         Para que se cumplan las escrituras, tal y como anticipó el profeta Isaías, Jesús es despojado hasta de sus vestiduras. Todo se le puede arrebatar a un hombre menos su dignidad humana. De su categoría de Dios se desprendió en el momento de su encarnación. Se hizo un ser humano como nosotros. Al ser despojado de sus túnica, Jesús, muestra la dignidad de todo ser humano en cualquier circunstancia de la vida. La grandeza, el valor de cada persona, no está en el aderezo exterior. No valemos, no medimos, el valor de alguien por lo que lleva puesto sobre su cuerpo.  Y, ¡Cuantas veces lo hacemos! La misma dignidad humana tiene el que lleva un outfit de marca cara que el que va con unas ropas raídas o sucias.

Desnudo del salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a él. ¡Cuánta importancia, cuánto esfuerzo y dinero dedicamos a lo que llevamos puesto! Jesús al ser despojado de sus vestiduras nos está dando una lección de humildad.

Somos los que somos; ni más, ni menos. No somos por lo que llevamos puesto o tenemos. Los pobres, los que no han tenido la suerte de tener una vida resuelta, tienen el mismo valor ante Dios. Todos tenemos el mismo valor ante Dios. Es más, como el Hijo de Dios muestra en esta desnudez y despojamiento, Dios tiene una mirada más cercana y dispuesta con ellos.

Señor haz que sepamos mirar a las personas como tu las miras. Ayúdanos a no despojar a nadie de su dignidad con actitudes que descartan, alejan o denigran a nuestros semejantes. Jesús, tu que fieste despojado de tus vestiduras, haznos humildes como tú. Que sepamos da a cada cosa el valor que tiene. Y, nada tiene más valor, que la vida y la dignidad de cada ser humano revestido de la imagen y semejanza de del Creador.

        

Señor, pequé. Ten piedad y misericordia de mí.

Padre Nuestro

Te adoramos oh, Cristo, y te bendecimos que por tu santa Cruz redimiste al mundo.

 

Hay un hombre que aguarda tras unos barrotes de una cárcel porque ha sido condenado a muerte, la pena máxima.  Ha sido incluido en la categoría de los malditos, de los abandonados, de los apestados, de los que están al margen de la sociedad y no se les considera dignos de vivir.

Este hombre encarcelado es Jesús de Nazaret. Dios y hombre. Ahora se encuentra de pie ante Pilato, en silencio, no se defiende de los delitos que se le imputan. Jesús, como cordero llevado al matadero, parece que lo soporta todo: los golpes, los latigazos, los salivazos, los clavos, la corona de espinas, los desprecios… pero tiene un sufrimiento insoportable e inhumano.  Morir en la cruz es la peor de las muertes. Sus jueces quisieron hacer de Jesús un indeseable que había que olvidar, pero no lo consiguieron, su muerte resultó ser una puerta abierta al perdón y a la vida eterna.

Desde entonces, clavados en la Cruz de Jesús, están todos nuestros dolores y los de la humanidad entera.

Señor, en el mundo hay mucho dolor. Personas que viven cada día la guerra, la violencia de todo tipo, mujeres y niños violentados, personas enfermas o en soledad, personas encarceladas y abandonadas… Tenemos miedo al dolor, como lo tuviste tú la noche en que te apresaron y pediste a Dios que pasara de ti ese cáliz, hasta que comprendiste que debías hacer la voluntad de tu Padre.

Jesús, líbranos del dolor o danos la fuerza necesaria para sobrellevarlo y encontrarle un sentido. Pero, sobre todo, Señor, líbranos de crear dolor y de hacer sufrir a nadie.

Jesús, te pedimos para que nos ayudes a hacer frente al dolor de una manera nueva. Que el dolor también puede ser fecundo si miramos tu cruz habitada, que puede ser camino de vida hacia la plenitud y el gozo.  Te pedimos gracia para saber reconocer también nuestra hora, atravesando el umbral del dolor para dejar nacer la vida.

Pedimos a María, que está al pie de la cruz junto a su Hijo, que nos enseñe a permanecer junto a Él y junto a aquellos que también hoy son crucificados.

Señor, pequé. Ten piedad y misericordia de mí.

Padre Nuestro

Te adoramos oh, Cristo, y te bendecimos que por tu santa Cruz redimiste al mundo.

Esta estación es el corazón mismo de este camino. Es el momento en que el Hijo de Dios entrega su vida por y para la salvación de la humanidad, es el mayor acto de Amor hacia todos y cada uno de nosotros. En un mundo marcado por el Sufrimiento, la Injusticia y la División … es la Cruz de Cristo la que sigue siendo un signo de liberación y de esperanza.

Desde la crucifixión hasta la muerte de Jesús transcurrieron Tres largas horas que fueron de mortal agonía y que a su vez nos han servido de profundas enseñanzas y altísimas esperanzas para cada uno de nosotros.

Hay dos palabras clave que escuchamos de Jesús antes de su último aliento de vida. (Mc. 15,33-39)

Una de ellas la exclamó en voz alta: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» .Hoy queremos detenernos en todas aquellas personas anónimas distribuidas en cada rincón del mundo , que con la mirada puesta en lo alto del cielo … gritan silenciosamente estas mismas palabras que Cristo pronuncio en la Cruz.

«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»

Nos referimos al abandono de la “Esclavitud”, que padecen miles de mujeres con fines sexuales, y niños en explotación laboral entre minas y labores agrícolas, violando gravemente los principios más elementales de los “derechos humanos”.  

Nos referimos al abandono del “Sufrimiento”, que padecen multitudes de mujeres que se ven abocadas al mal llamado “interrupción del embarazo” por diferentes motivos. Experiencia dolorosa y traumática, que conlleva la deshumanización como mujeres y madres.

También nos referimos al abandono de las “Injusticias”, tanto personales como estructurales, labor que tan heroicamente trabajan nuestros misioneros en la elaboración de los “Derechos Sociales” a través de la evangelización.

Queridos peregrinos estamos en camino …, en camino al  Castillo de Javier, ahí nos espera un “Cristo Sonriente” que nos recibirá con los brazos abiertos … y nos dirá confiad en mi a pesar de verme Crucificado, que Dios te liberará del sufrimiento.

Señor, pequé. Ten piedad y misericordia de mí.

Padre Nuestro

Te adoramos oh, Cristo, y te bendecimos que por tu santa Cruz redimiste al mundo.

 

Jesús, todo ha terminado.

Tu cuerpo agotado, sin vida, descansa ahora en los brazos de tu Madre. Los mismos brazos que te acogieron al nacer, que te abrazaron durante tu infancia y te acompañaron durante tu juventud, te sostienen hoy en el silencio de la muerte.

No hay palabras. Solo dolor. Solo amor silencioso.

María no grita. No se rebela. Te sostiene. Te mira. Guarda en su corazón lo que nadie puede entender del todo, se acuerda de aquella profecía. El Hijo prometido, el Hijo amado, el que traía vida, yace ahora sin aliento. Y aun así, ella permanece. No huye, abraza. Se queda contigo hasta el final.

Qué escena tan humana, Jesús. Una madre abrazando a su hijo muerto. Un dolor que atraviesa el alma, que no necesita explicación. Cuantas madres lloran hoy a sus hijos muertos por el hambre, por la guerra, por la pobreza.

María no entiende, pero confía. No ve la resurrección, no siente la victoria. Solo siente el vacío. Y aun así, sigue creyendo.

También nosotros, Jesús, conocemos ese lugar. El lugar donde todo parece perdido. Donde las fuerzas se acaban. Donde la fe se vuelve frágil y donde no encontramos respuestas. Momentos en los que solo queda sostener… o dejarnos sostener.

María nos enseña a estar. A no huir del dolor propio ni del ajeno. A acompañar sin respuestas. A abrazar cuando no hay palabras. A confiar incluso cuando Dios parece callar.

Jesús, hoy pongo en manos de tu Madre nuestros fracasos, nuestras pérdidas, nuestras esperanzas rotas. Todo aquello que no entendemos y nos duele.

Que ella nos enseñe a sostener la vida incluso cuando parece vencida.

Y cuando nos falte la fe, enséñanos a permanecer como María. En silencio. Con amor. Esperando, aunque todavía no sepamos cómo, que Dios sigue actuando incluso ahí.

 

Señor, pequé. Ten piedad y misericordia de mí.

Padre Nuestro

Te adoramos oh, Cristo, y te bendecimos que por tu santa Cruz redimiste al mundo.

 

Nació pobre en un pesebre y murió en la cruz. Nunca tuvo nada…

         Y lo poco que tenía se lo quitaron: lo dejaron desnudo. Todos los desnudos, los que no tienen con qué cubrirse o presentarse, los que saben que por la ropa que llevan van a ser juzgados. Todos los que son segregados por su apariencia se asemejan a Jesús. Todos los seres humanos a quienes se les despoja diariamente de su dignidad. Todos los que son despojados de sus derechos. Todos los que son privados de alimentación, salud, educación, por las estructuras de un mundo injusto y desigual. Todos ellos, quedaron bien representados por un Cristo, a quien despojaron de lo único que tenía…

Desde la paz del sepulcro, Jesús nos enseña el camino de la eternidad para los que, en el paso por este mundo, lo perdieron Todo…

La esperanza renace en ese oscuro sepulcro de piedra para dar vida en abundancia a todos los necesitados del mundo, con el único compromiso de Amarnos unos a Otros…

 

Señor, pequé. Ten piedad y misericordia de mí.

Padre Nuestro

Hemos caminado juntos, hemos rezado juntos, y en el marco incomparable de estos bellos parajes de nuestra querida Navarra, hemos dirigido juntos nuestra mirada y nuestro corazón a Jesús, y desde él, al mundo, a la realidad que nos circunda. Muchas veces agradable y algüeña, otras dura, difícil e injusta.

Nos damos cuenta de que en el camino de la vida, como en este camino al castillo de Javier. No caminamos sólos, vamos todos juntos. La fe nos une. En el caminar, en algún momento, hemos tenido que apretar el paso para no perder a los que estaban con nosotros. En otras acasiones el camino se nos ha hecho cuesta arriba y hemos pedido ayuda pudiendo apoyarnos en los que van con nosotros. O en la cuesta abajo que nos hace precipitar el paso y hay que retener los impulsos que se generan en nuestra mente y corazón. En el camino hemos compartido el alimento, la conversación, ha habido numerosas confindencias entre nosotros y, seguro, también con nuestro Padre Dios.

Con la intercesión de nuestro patrón queremos pedir a Dios el don de la unidad. Que esta fe, esta confianza en Dios a la que somos invitados constantemente se muestre, como en estas Javieradas en un caminar juntos, vivir juntos, soñar juntos.

Que Jesús resucitado bendiga siempre nuestro caminar juntos en la fe.